Violencia obstétrica en España: una práctica evidenciada

En respuesta a la editorial titulada “La violencia obstétrica: una práctica invisibilizada en la atención médica en España”1 y al movimiento que se está alzando en contra de la violencia obstétrica en algunos sectores de profesionales sanitarios se expresa:

Existen diversas definiciones sobre el concepto de violencia obstétrica (VO), aunque todavía se adolece de un consenso internacional alrededor de este concepto. Una de las definiciones existentes hace referencia a “cualquier práctica o actitud médica, expresada mediante el lenguaje o los actos, que durante el seguimiento gineco-obstétrico de las mujeres embarazadas, parturientas o lactantes, ignora los derechos, deseos, decisiones, necesidades, emociones y/o dignidad de las mujeres, así como la de sus bebés”2. Este concepto contiene elementos fuertemente relacionados con la definición de la experiencia de parto positiva que la Organización Mundial de la Salud ofrece. Así, una experiencia de parto positiva incluye dar a luz un bebé sano en un entorno sin riesgos clínicos ni psicológicos y con apoyo emocional. Además, incluye la presencia de personal clínico amable y técnicamente competente, pudiendo tener una experiencia de parto positiva aun cuando sean necesarias o deseables intervenciones médicas3. Desde esta perspectiva, no se contemplan como VO únicamente las intervenciones (por acción u omisión) sino también las actitudes e incluso la comunicación.

La VO se trata de una de las formas de violencia contra las mujeres más arraigadas que existe en el sistema sanitario. Pero lo cierto es que la característica estructural que posee este tipo de violencia4 hace que, con frecuencia, el profesional que la ejerce no sea consciente de ella e, incluso, la tenga normalizada5,6. Esta normalización se presenta como un problema serio incluso en futuros profesionales sanitarios7,8. De esta manera, es probable que, sin ser percibido, los profesionales de la salud adquieran un rol autoritario marcado por directrices pseudocientíficas y basado en un trato desigual dirigido a mantener ciertas protocolos o reglas no escritas9,10. En este contexto, al parecer, la existencia de la VO no se encuentra aceptada por gran parte de la comunidad médica. Este hecho se demuestra al observar las reacciones de los profesionales al tratar la temática de la VO, calificando la OV como un concepto delictivo, moralmente inadecuado y científicamente inaceptable en España11. Además, sobre el tema de la VO se lleva mucho tiempo hablando, creándose además, un Observatorio sobre la Violencia Obstétrica12 en España que se encuentra en permanente comunicación y vinculación con otros Observatorios sobre la Violencia Obstétrica en otros países, sobretodo, sudamericanos. Por otro lado, en Europa no existe legislación al respecto y la VO es un tema que cada vez suscita mayor debate, sobre todo, promovido por organizaciones y diversos movimientos sociales con el fin de defender los derechos humanos13. Es necesario destacar que, recientemente, la legislación catalana ha incluido la VO y la vulneración de derechos sexuales y reproductivos como un tipo de violencia machista en la Ley 17/202014.

Este tipo de violencia tiene consecuencias tanto en las mujeres que la reciben como en los y las profesionales de la salud que la observan y/o la ejercen. Entre las consecuencias de esta atención negativa para las mujeres encontramos situaciones como: depresión postparto, trastorno de estrés postraumático, mala adaptación al rol maternal, problemas con la lactancia materna o afectar al deseo materno de tener futuros hijos15–18. Para los y las profesionales sanitarios que ejercen y/o presencian la VO se han descrito: estrés traumático secundario y la fatiga compasiva4 como los trastornos más destacados, pudiendo llegar a abandonar el ejercicio profesional19 por estas causas.

Respecto a la invisibilidad que los autores destacan de la VO, es necesario destacar que este es un tema ampliamente abordado desde la percepción de las usuarias en España. Así, los diferentes estudios han demostrado que un 38,3% de las usuarias ha percibido este tipo de violencia en su atención durante el periodo de 2009 a 2018 en nuestro país20. Además, un 44,4% de mujeres percibió que le aplicaron procedimientos innecesarios y/o dañinos, de los cuales al 83,4% no se les pidió el consentimiento informado; o bien porque no fueron informadas, o bien porque no consintieron la práctica20. Al valorar la calidad de la atención recibida, las mujeres valoraron la atención con una media de 6,94 puntos (SD±2,517) en una escala del 1 al 10 en la muestra general; y de 4,85 puntos (SD±2367) en aquellas mujeres que refirieron haber sufrido Violencia Obstétrica20. Al comparar la percepción de las usuarias sobre la VO en el territorio nacional se observaron diferencias estadísticamente significativas, además, se destacó que la VO ocurre principalmente en el contexto de la sanidad privada20.

Respecto a las prácticas más destacadas por las usuarias como innecesarias y/o dañinas, es necesario destacar que un 34,2% de la muestra refirió haber sufrido la maniobra Kristeller21. Sobre esta maniobra, se ha estimado que no se recomienda su uso, además de demostrarse que no acorta el periodo expulsivo22,23. Entre sus consecuencias pueden hallarse contusiones, hematomas abdominales, fracturas costales e incluso roturas uterinas23. De esta manera, las repercusiones legales por el uso de esta maniobra son cada vez más patentes24. A pesar de ello, en España sigue utilizándose y, al parecer, con una tendencia al alta, ya que en anteriores informes y estudios se ha hallado una tasa de uso alrededor de un 25%25,26; aunque esta parte es muy compleja de analizar a través de la historia clínica dado que muchas intervenciones como la frecuencia de los tactos vaginales, el uso de oxitocina, el rasurado de la vulva y la propia maniobra Kristeller no son registradas en las historias clínicas de las mujeres25.

Por último, respecto a este exhaustivo análisis sobre la percepción de la VO de las usuarias en España, cabe destacar que el ámbito asistencia identificado como más violento a nivel obstétrico fue el hospitalario, destacándose el parto como el momento más violento y alcanzado cifras de hasta el 74,2% de VO percibida por las usuarias en variables como la falta de información y de consentimiento informado o hasta del 87,6% en variables relacionadas con recibir críticas al comportamiento y/o recibir un trato infantilizador27. Aunque el parto fue el momento más destacado, las mujeres también percibieron importantes cifras de VO tanto en el embarazo como en el puerperio. En cuanto a los y las profesionales de la salud identificados como violentadores, se destacaron las figuras de la matrona y de ginecología27. Aun así, fue muy llamativo encontrar de manera recurrente que las mujeres manifestaron la figura “otro” como violentador; lo que puede indicar que la identificación por parte de estos profesionales no se produjo, mermando la comunicación entre las usuarias del servicio y los y las profesionales sanitarias27.

Centrándonos en la formación de los y las profesionales, es necesario reflexionar acerca de que el alumnado de matrona puede aprender, durante su formación, cómo ser violento debido a que en su formación también existe una importante violencia28 y, al mismo tiempo, esa violencia queda diluida en un mar de violencia horizontal dónde no es denunciada ni visibilizada29. Además, demasiadas activistas a nivel mundial y, especialmente en España, siguen denunciando hoy la falta de estudios en sanidad que contemplen las existentes brechas de datos de género tanto para las enfermedades como para los tratamientos y los procesos fisiológicos como el embarazo, el parto o la menopausia. Esta brecha de falta de datos de género se ha identificado claramente en la literatura científica en los libros de texto médicos y en los programas de estudios de algunas facultades de ciencias de la salud30. Por otro lado, es necesario considerar que en España se tiene una alta sobrecarga de trabajo en los servicios sanitarios que deriva, fundamentalmente, de los bajos ratios de profesionales de la salud por 1.000 habitantes. Esta sobrecarga también puede derivar en un síndrome de agotamiento que propicie la mala atención a las usuarias de los servicios sanitarios27.

Bibliografía

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